Impactaba el hecho de verlo llorar, tan solo estar sentado en la calle, al borde del cordón llorando, a moco tendido como un niño.Porque era un niño. Él quería llorar mucho. Él solía llorar solo, en una esquina de su cuarto, y ahora lo hacía en la calle. Caminó seis kilómetros llorando, sollozo y mocoso. Caminaba por momentos sin ver a los autos de frente ni los que pasaban al borde de la autopista en construcción que soplaban besos de muerte. Los semáforos guiñaban el llanto. Las luces de la tarde, ya noche, encendían y visualizaban el llanto. Su ropa, cómoda por el uso diario, estaba sacada de su habitual costumbre, la camisa afuera del pantalón, las mangas mal subidas y los botones a medio prender. Una vez que pasó el puente de la ruta, se paró para ver cómo los autos dejan la estela de un paso ligero. Los ojos vidriosos contenían las luces de los faros latentes y de los rojos avispados que huían del sollozo. Le faltaba mucho por llegar, pero el camino a la pena máxima era cruel, él...
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