domingo, 31 de julio de 2016

Historias de guerras inventadas - Cap. uno - Los ganadores

Copa de Sosias -  Aquiles venda la herida de Patroclo

Hay versiones maravillosas de como el mundo de ayer llegó a ser el mundo de hoy, diferente, sobre el mismo mundo. Cada pueblo de antaño tenía su universo, su forma de ver la realidad. Medirla, seguirla y contarla.
Algo extraño, que debería ser normal, es que coinciden en su mayoría, a grandes rasgos, en lo mismo cuentos del como y sus participante no son más que deidades humanas, celosamente humanas, inimaginablemente humanas y sabias. Los en esas visiones, para los ganadores la historia les reserva cantos, alabanzas y deseos.
Son los grandes que se ganaron la fortaleza de mantenerse erguidos como dioses ante las miradas de su rebaño.
Los griegos, cuyo manojo de poderes recaía sobre los señores del Olimpo, que aventuraban sus andanzas mundanas, generando guerras, movilizando sentimientos e hijos que tenían en misiones de vidas. Manejaban hombres, semidioses adorados y valientes, malos o buenos. Sucumbieron entre sus debilidades y murieron democráticamente, su pueblo los olvidó.
Los Persas, ellos tienen redactados en sus muros las aventuras de los hombres que trajeron al mundo el conocimiento, eran semidioses que necesitaban ayudar a la humanidad antes que el gran todo poderoso nos deje en miserias. Según algunos libros, el gran dios no dejó vivo a nadie que él creyera necesario.
El subcontinente indio dice que hubo una revuelta de dioses y semidioses que ardieron ciudades con el poder de la luz. Nada se salvó, salvo los que ganaron y manejaron el gran cambio, la nueva historia. Sus conocimientos fundaron las nuevas ciudades y dejaron al mundo ordenado, los pobres abajo y los dioses arriba.
Viracocha no quedó atrás del otro lado del mundo.
Llegó desde el profundo océano de nubes y bajó con sus estandartes, construyó ciudades maravillosas y también del maíz trajo al hombre.
La guerra dejó al mundo un gran poder que recayó en toda la humanidad, el mundo, que es único, debe amarse como la madre misma. Fueron exterminados por los que consideraban a las mujeres seres sin almas, como los perros, pero según la historia los civilizadores.
Para los Mapuches no todo es un juego de viento, cielo, Luna y Sol, danzas y magia que da vida. Desparramando seres por toda la tierra, libres y sabios. Con cada maravilla una idea, una palabra. Un pueblo que hace de hablar una poesía. La gente de la tierra habita ahora la nada alambrada. Los Mapuches en Chile son asesinados a mansalvas desde las dictaduras hasta los socialistas, bajo el nombre de terroristas, vagos y ladrones. Dos familias importantes de Chile son dueñas de la mayoría de las tierras, el resto son grandes negocios con las papeleras y la siembra de árboles y los muebles.
Cuando la modernidad tocó a la humanidad, un sector pequeño del mundo, se transformó en el asesino de dioses.
Dejó de respirar el dios del trueno, se transformó en dinero de papel prensado que avala los poderes que tienen los que tienen el papel.
La gran madre tierra es una ramera que nos contiene y nos da. Sus jugos excitan a las grandes corporaciones. Por eso socavamos la cordillera de los Andes. Contaminamos los ríos de agua de glaciar con arsénico. Vivimos el día hasta el último centavo de vida de todos los centavos de nuestras vidas.

Tal es el poder que los dioses legaron a estos interesados que pueden modificar la realidad, alterar el tiempo, modificar costumbres, hacer culturas. En la conquista del Desierto, que formó parte de las políticas del Estado Argentino y la modernización sus tropas, con los fusiles más nuevos del mercado y de comprobado uso de los Estados Unidos de Norte América, para los gobernantes compradores, un país muy civilizado y moderno. Se los usarán en una Campaña para asediar, perseguir, disuadir, sofocar y extinguir a todos los indígenas que ocupan la Patagonia. Se tituló Civilización o Barbarie en algunos casos, la época del modernismo argentino. Venía de aviso, esas tierras siempre fueron propensas a fusilamientos en todas las épocas, las mismas víctimas, los mismos motivos. Civilizadamente.

Ellos también aportaron semidioses a sus campañas bélicas que ungían heroicos laureles a sus generales. Los nuevos terrateniente era inmaculados. Imponentes himnos ondean alabanzas a sus carreras. En plena conquista de tierras por la Patagonia se exterminaron, según los registros de las diferentes casa Militares del Ejército Argentino moderno, más de un millón de indígenas hostiles. Se los corrió hacia la cordillera, se los arrinconó del otro lado del gran murallón natural. Arbolito, Ranquel, mató al Coronel Raunch, un ingles que aportaría lógica sabia a la lucha contra el salvaje, de un lanzazo en plena campaña, fue el dinero más mal gastado del Estado argentino y del Ejército moderno.  

Si hasta el mismo Martín Fierro, de Hernández, no deja de ser odiado amado. Su gente asediada y marginada, pero amada. 
Hoy, en la mayoría de los países, los pobres son la mayoría de los habitantes presos. Los señores de la justicia son los ojos de los semidioses. Son inalcanzables. Son intocable.
Hay quienes prefieren que los pobres, los marginales, estén lejos y los invitan a cumplir sus condenadas vidas peleando guerras ajenas, pagadas, mientras te mantengas vivo, asesinado legalmente, muriendo lentamente.
A esto se refería Francis Fukuyama sobre en fin de la historia y el último hombre. Aunque él defienda a su dios de papel prensado, a sus dueños que lo imprimen, hasta su misma extinción la justifica.
Cuando no quede nadie por escribir, es el fin.






“...Ya no quiero ser sólo un sobreviviente,
quiero elegir el día para mi muerte...”


Darío desde La Oscuridad a Dario.





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