sábado, 10 de septiembre de 2011

Tribulación Blues

Antes que nada -o leer- pone este acompañamiento.



Esa noche, oscura, caminé tranquilo pensando que el manto oscuro y las sombras me cubriría de mí, de los demás, que no hacen otra cosa que adelantar los pasos por miedo al mismo miedo interno de deambular holgados, sedientos y porfiados. -Las noches son de guitarras- me dije en silencio. No sé por qué, solo quise sentirme internamente acompañado de algo cabalístico. Enroqué la vereda y salté la calle como si el espacio de su ancho fuese una diminuta línea. Suelo hacer escalas de esquinas en mis cruces, para despistar a las sombras y ver que ellas me siguen realmente a mí o son independientes. Por momentos el largo de ellas van de un lado a otro, se acercan y luego me pasan alejándose en el futuro. Pisándome los pies o siendo devoradas por mi andar.
No es fácil, la noche no es tranquila para nadie, la madrugada en asecho no es lugar para vivir y caminaba rápido -Noche, madrugada, día y un blues es tranquilizante y para no poder dormir después del alcohol ingerido por las venas, un jazz.- intentando huir de mis lugares andados. No se veía a nadie pasar y trasponer un pie en la calle. Algunos que otros animales sondeaban el viento -Un gato. Se paró, veo que intenta cazar bichos que sobre vuelan cansados y agónicos del sol artificial que los indujo a la muerte- pero la misma noche los llevó a dormir acicalados ante su dueño en común, la libertad de la calle.
Las botellas y el vidrio resplandecen ante la falta de estrellas en el cielo sobre un cordón de un asfalto gastado y añejo. Ellos exigen respeto ante tal magnicidio de otros tiempos, respectadas todas, con su preciado ser interno -Tengo ganas de agua, fresca- que peca a los hombres que pecan. La sed me hace pensar que extraño. Si, como una sensación agónica de morir y convertirse en polvo cósmico soplado por el viento me hace extrañar. La sed, mi boca, las manos, el juego y tu cuerpo. Cambio de tema en mi cabeza, asomo los ojos al frente y allí está ella. Se vuelve hacia mí cuando la luz siguiente la trae. Creo que camino lento, pero al acercarse es como si algo me empujara para pisarla, arrebatarla de su capa negra, gris, verde oscura -Sus ropas cambian con el piso, las baldosas viejas de una casa la transforman en un juego de ajedrez y luego las viste de rayas amarillas opacas y pienso que debí desvestirte despacio, que tonto, en el apuro tu cuerpo caliente y el grito del gemido más intenso me posó sobre tu cuerpo sin tocar la cama. La cama, tu cuerpo y el mío- así es mi sombra ni más ni menos. Intentará subir las escaleras conmigo, segura de sí, porque hay una luz a mi espalda y la del frente se quemó -Sabía que tenía algo para comprar, me olvidé hoy a la mañana cuando pasé por la tienda. Mañana seguro me olvidaré de nuevo- cuando la tormenta la azotó fuerte contra la pared blanca y volteo los maceteros del vecino.
Uno, dos, tres, cuarto, cinco, seis -Cuesta. Cuesta más en este estado- once, doce, trece. Izquierda. Meto mi mano en el saco y tus manos suelen acompañarme hacia mi bragueta, te arrinconas en la puerta y dejas que te bese el cuello lentamente, pero salvaje.
Me acosté tarde. Eso de noche, bares y demás demonios no es para mí, pero que gusto.



Dedicado a mi sombra, las que se aleja cuando quiere, desaparece y vuelve como si nada.
Fiel a su estilo.
Con estilo.

Desde la Oscuridad a Diario, Darío.
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