miércoles, 28 de marzo de 2007

Esperándome entre la lluvia



Encontrándome,
desesperado por la intensa humedad,
acorralado por el agua de lluvia,
invadido por la noche oscuridad,
en mi auto,
saqué fotos.
En todas, o en ninguna,
hubo ese no-se-qué
de las noches de lluvia.
Asustado, corrí
y encontré amistades.
A pesar del día borroso
que secuestraba la ciudad,
los muertos todos de sus habitantes
eran los seres más molestos de mis días.
En el bar,
en el café,
en la mesa,
en el suelo,
en el aire
y el humo
no se encontró ese aroma,
más que la propia humanidad ruin
que suelen tener en las noches
los muertos,
propios,
de una ciudad cementerio.



A la noche, en si misma, encaré mi realidad. Mi casa, vacía y fría como mi propia tumba, nicho socializador, por el eco mismo del silencio eterno, me recibió al abrigo de la incesante lluvia ya de miércoles. Pues había pasado la prueba de martes.
Son esas noches en donde la fotografía no sirve para ver espectros deambulando solitarios todos sin rumbo. No se puede sacar, retener y comerciar cadáveres que se pasean por la calle principal con sus escudos negros, como si las suaves gotas de agua los fueran a matar de golpes repentinos.
En mi mochila, un equipo para sobrevivir un día.
En mi ropa, una vestimenta para cuidar mis mutilaciones diarias del aire húmedo.
En mi cuerpo, un broquel de piel que protege los órganos vitales para poder saciar necesidades básicas reprogramadas por el instinto, a través de años millonarios.
Y, nada más. Elementales utensilios cuasiorgánicos perfectamente combinados para pescar rutinas y momentos todos.
Pero el día, martes, ya no es lo mismo. Es un ciclo en donde se repiten salidas ambulantes muertos todos. El vecino de mesa, insoportable, refregando la espalda de su levante y golpeándola de un palmazo, cuan amigo de barrio. Los que hacen algo que necesitan que las personas sepan que hacen algo importante y discuten cosas incoherentes para que sepan el resto que ellos son importantísimos. Los chicos que miran a los otros chicos, más grandes, y te saludan sin pretender que vos saludes a nadie, menos un martes de muertos todos. Los muertos viejos, conocedores de varias tumbas y pasillos tenebrosos, que aparecen y parecen ser amigos de todos los amigos y de tus amigos y saludan levantando la voz y las manos cual carruaje de carnaval.
¡Vaya cementerio!
Depósito fiscal de caos y casos perdidos.
Y yo, buscando la imagen.

Por la calle,
creo que San Lorenzo,
creo que por el bajo de la ciudad,
creo que por la plaza,
creo que por la costa del bravo Paraná,
creo que por el puente,
creo que por esa calle, la del naranjo en flor
vi a dos, o tres personas.
No estaban solas.
Yo, en mi auto, con mis escudos todos
intenté sacarles fotos.
Pero las gotas,
el auto
y mis manos
malograron mis esfuerzos
y retomé mi ruta sobrevolando las tumbas,
buscando un lugar
y descansé por ser miércoles.
Cuando amanecía, según horario pronosticado,
el reflejo de un nuevo día nacía en esas nubes espesas que lloraban y lavaban las penas.
Solo así, tranquilo por amanecer, me fui a dormir.



(A mis amigos, todos o ninguno, que poco a poco los encuentro paseando por sus vidas y tropiezan con la mía. A vos te escribí una carta, pero te lo advierto, no la leerás, así como yo no leo mis poemas pasados escritos en mis libretas de plazas. A las lluvias de otoño, ellas vienen siempre en esta estación, como las golondrinas llegan en septiembre y las mariposas en febrero. A mi suerte, que poco a poco aparece y desaparece, jugando siempre a que yo tome la decisión correcta o incorrecta para que aprenda que manejo mi destino sólo y si choco, me jodo. A mis miedos, que ya no se quienes son, pero los invito a caminar por mi casa y alucinar en tenues luces resplandecientes. A los que preguntan por mí y les respondo siempre lo mismo, porque lo siento, no porque les miento. A mi hijo mi vida y el cuadrito del Che Guevara que tanto te gusta mirar, también le dedico todo lo que escribo, siempre.)
Lo dedico porque creo que no estoy solo, solo estoy.

Darío (la oscuridad a diario)
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