martes, 31 de diciembre de 2013

Un guión, dinero y un montón de extras para matar en una trillada escena de una película de terror conocida


A veces se mueren al principio de la película. Muchas, las de terror, principalmente, se mueren personas al comienzo, medio y final del films. Se utilizan variadas formas de morir, algunas hasta superan la realidad, cuya verdad y límites no tiene y ha demostrado superar a la ficción en todo este tiempo. He visto morir desde electrocutados por tocar dos cablecitos o uno de alta tensión con miles de voltios crispando el suelo con rayos destellantes sobre un asfalto siempre mojado. Una víctima que se da cuenta tarde del despropósito entuerto con la muerte y no hay tiempo para correr, el cable te sale a cazar y zaz! Toda la tensión de un rayo sobre tu delgada tozudez corpórea de película.
Se muere con ganas, en algunos casos. Otras, sólo por no tener ganas de morir se muere igual. Conocí gente que ya estaba muerta en viva y lo único que le faltaba era convencerse que tenían que morir para no parecer, si no sólo ser. Hay casos literarios que ha chusmeado la muerte entre las letras. Edgar Alan Poe era quisquilloso con la muerte. Fobias, enfermedades y demás mitos se cuentan sobre sus letras. La oscuridad final atrapaba al autor y, como para ayudar a sus miedos, él muerto siempre era él. Su miedo a que lo entierren vivo y, luego, despertar para morir, lo persiguió mucho tiempo. Pero ayudó a crecer en sus historias y cuentos que relatan el horror del encierro por la muerte misma.
Se han relatados batallas, grandes crónicas si las hay de muertos y muertes, todas juntas y entremezcladas como la misma realidad, el mismo fin de una guerra, tener muertos por montones. Ver a través del relato la mutilación, el mutilado, seguida del sufrimiento soportado por la misma muerte que llega para sólo dejar llantos y gritos desgarradores. Cuadros desesperados de muertos en batallas y peleas desde mitológicas hasta modernas, de estocadas finales. Fotografías de chicos con la muerte a sus espaldas y fotógrafos buitres con pulitzer en sus manos fotografiando el momento exacto del morir. Cuando el cine surgió, cuando los hermanos Lumiére presentaron su aparato mágico, que con fines científicos se convirtió en puro entretenimiento y un gran negocio, demostró que una imagen vale más que mil palabras. La obra filmada era un ferrocarril a vapor que se acercaba al andén de una estación. Este sólo ejemplo de la maravillosa linterna mágica demostró el potencial miedo a la muerte de sus espectadores que saltaban y corrían sus cabeza por miedo a que el tren los arrollara. Así pasó el cine en su inicio y hoy nos muestra a la muerte como protagonista principal de su mágica ilusión.
Pero, un fin de año, un treinta de diciembre de dos mil cuatro, la música me mostró que se puede morir de a montones y se prendió fuego República de Cromañón. Adentro, 198 chicos ardieron una noche escuchando rock and roll y, sin querer, pasaron revista a la peor de las historias jamás escrita y sus imágenes son más allá de las inventivas ideas de cualquier cineasta. No se puede describir el como murieron ni tampoco culpar a la música, si se puede decir que la corrupción, la dejadez, la hipocresía, la ignorancia y la negligencia fueron los personajes mejores pagos de esta hoguera humana que asesinó a pibes una noche de verano. Una noche de verano como cualquier cuento pudiese terminar, como cualquier película pudieses comenzar.
No era lo peor. El mismo guión fue usado en otra discoteca de la zona norte de la provincia de Buenos Aires, casi diez años atrás, con mejores resultados y todos absueltos porque la causa prescribió.




A los chicos de Cromañón no los mató la bengala, los mató la corrupción.

9 años de nada
Nos faltan 200 chicos.


Darío desde La Oscuridad a Diario
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