jueves, 18 de julio de 2013

Pedido de locura




La locura, como locura propia, como factor de choque ante la sociedad establecida. Sociedades que no soportan los cambios bruscos y ponen a la locura adentro de las enfermedades. Encerrando lo diferente, lo anormal. No es casual que sea una enfermedad mental. Locos aquellos que van en contramano en los caminos, como locos los que intentan cambiar lo instituido  Locos que sólo sirven para encerrar, curar, calmar, medicar, electrocutar...
Allaname tu camino así mi locura salta el tapial de tu piel y corroe tus pupilas estrechas por el humo intenso de tu ardor interior.
Necesito que leas de mi la piel escrita. Necesito saber de ti cuantas pieles has leído desde que no escribí por ti ni para ti. Recuerdo cuando moriste. No recuerdo cuando te perdí. Porque creo que nunca te solté la mano cuando danzábamos al fuego plácido de la penetración corporal. Vos con tu voz y yo con mi sangre latente dentro de mí.
Necesito calmar y clamar locura ante las mesas y sillas que recorren el murmullo de los bares en plena tarde de sol. Antes, la locura se calmaba con un cigarrillo y hoy, no fumo más y, peor aún, no te dejan fumar, mientras el café besa los labios o el alcohol consume el espíritu desespero.
La locura, como cierta, pide a gritos tu presencia.
Loca suerte.
Loca muerte.
Loca amante de los días eternos encerrados en cuartos pequeños de Palermo.



Pedime locuras.



Una vez, lejos en el tiempo, perdí un pequeño soldado de plástico. El capitán se llamaba. No lo encontré más. Busqué de día y de noche en la tierra, dónde solía jugar, en el fondo de casa. El Capitán fue reemplazado por su línea de mando. Nunca apareció. Hoy recuerdo eso y anoto su trayectoria bélica para rendir tributo, sobreviviente y no tanto, ya que en plena batalla de fue. Pudo huir, suerte para el soldado que huye. Lo mataron, una salida honrosa de los héroes y será velado en cajón vacío y cerrado al ruido de balas de salvas que tronarán el aire frío del cielo, medallas al ausente y escuelas con su nombre de batalla. Simplemente se perdió, una herida en los que aún lo buscan y piden que regrese para poner fin al sufrimiento de no saber nada, absolutamente nada, de él. Un ejemplo que como perdemos cosas, las encontramos y, sin querer, las volvemos a perder para siempre en esta guerra miserable del nunca más.

Darío.

Arriba Vincent Van Gogh en su Le Café de nuit y su locura.
Un mar de gente, abajo, esperando encontrar.
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