viernes, 20 de abril de 2012

Pertrechos



Mirabas el arriba de los espejos y te consolabas con el canto de una puerta mal aceitada. Me dijiste que vos eras una cosa y yo otra. Me mentiste.

Y tus ojos estallaron.
Lágrimas. Muchas lágrimas y esquirlas, rebotes y caminos sinuosos por tu mejilla.
Lágrimas saladas, alejadas de tu boca. Lágrimas en tus manos, lágrimas pegajosas.
Lágrimas de ojos hinchados, lágrimas perturbadoras de sonidos punzantes y chasquidos nasales.
Lágrima tuyas, mezclada con saliva de una boca pomposa y quejosa. Lágrimas en ojos vidriosos y de jubilosas pestañas aplastadas por la humedad.
Lágrimas detonadas.
Minas explosivas auténticas, antipersonales, contagiosas, peligrosas.
Cuando me fui, te dejé llorando. Me fui porque no soporto verte llorar en guerras absurdas.
Cuando volví, te vi llorando. Volví porque yo había llorado lo mismo que vos, en la misma guerra, del otro lado del océano formado por las gotas de nuestras partidas.

Detónese la cantidad de lágrimas necesarias. Termínese la peste que nos separa. Hágase voluntad la unión de los cuerpos desnudos, calientes, suaves. Consúmase la carne, agitada, implacable cadáver y tu cama, lentamente, toma el color de los dos, el calor de uno y la oscuridad de todas las noches juntas.







La poesía como arma, el cuerpo como escudo.
La Oscuridad a Diario, de Darío y por Darío.
Publicar un comentario