sábado, 13 de agosto de 2011

Judith


Así pasaban los minutos. Ambos.

Esos minutos eternos entre el hola, dónde estás y el adiós, hasta luego.

Ella contaba lunas, soles y estrellas en el techo. Las mencionaba. Las marcaba. Las quería. Él, astrónomo principiante, se las guardaba en aliento por toda su espalda, su cielo infinito, sus manchas. Él le cantaba poemas, ella pedía más. Él cantaba su día, ella pedía otro café. Navegaban junto, no mucho, ni tampoco desde hace tiempo. Fue un tramo de mar, ese mar de gente que los perdió en el tiempo y luego los trajo. Una corriente cálida que los abrazó un instante y un frío polar que los separó. El barco sopló vientos y los vientos velas y las velas barcos. En cada ida, ella nadaba entre las personas. Él, en su cubierta, la veía desaparecer tan rápido que no daba tiempo de tener ese recuerdo; lo que duraba ella en el mar, entre la gente, entre las piedras.

Él no quería nadar. Ella no quería caminar, el mar era su vida. Él anunciaba su llegada, ella lo esperaba a pocos metros, entre las piedras. Él tenía miedo a las piedras, son muchas veces conocidas, ella no. Ella decía que en este mar de gente y las piedras eran ciegas. Ambos se abrazaban como si en una semana transcurrieran los años, unos veintes, unos siglos. El minuto antes, instante, que él la saluda, ella se va. Sale nadando. Su marca indicaba que su triste canción no era más que la despedida. Ella le pertenece al mar, él a su barco. En esa calurosa tarde de invierno la oscuridad de sus palabras se convirtieron en sexo. Ella odiaba sus cordones que tanto amaba. Él su aroma a mar. Ella sentía que cada piedra que hablaba mencionaba canciones conocidas y sonreía con sus muecas, con sus labios y con su cuerpo. Él no puede olvidar, no puede pretender que tenga una canción que llegó al final. La entendió ese instante. Ella desapareció cuando él se dio vuelta.

-Te fuiste – Dijo para sus adentros. Un roce de espina golpeo su pecho.

- Te quise, minutos. Te quise – Repitió mientras el barco se alejó.

Cuida bien tus estrellas en la piel de aromas de mar, murmuró. Cuida bien tus estrellas y que nunca las pierdas. Se dijo y cerró su baúl de recuerdos.

Se animó a seguir viaje. Se animó a pedir que una gran ola lo hunda. Se animó a perseguir estrellas, pero nunca más la vio, ni siquiera entre las piedras.





Lloró cuando la canción terminó.



Judith

Fue escrita por Silvio, en 1969, cuando era pescador.

Son esos temas en donde la canción es poesía y la poesía es canción.



Desde La Oscuridad a Diario, Darío un aprendiz de Zurrón.

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