sábado, 30 de julio de 2011

Gallos


Y, en el tumulto, saltó Rosales, se enojó. Corrió la mesa y amagó a pegarle a la sombra de Fausto, que no reconocía las diferencias.

Se escuchó el tropel.

Ambos se trenzaron en golpes, Rosales y la sombra de Fausto, enceguecidos por ese pequeño pleito que nadie entendía, salvo ellos que eran los únicos que se encontraban hablando en la barra del bar acaloradamente.

Todos ven que Rosales lleva las de perder. Pues, es una sombra escurridiza, la que intenta golpear con el vaso, con el puño, con el cuerpo. Fausto sólo mira. Toma la cerveza que dejó Rosales y no interviene. Ambos paisanos ya no dan más, uno de la pelea y el otro del alcohol ingerido en toda la noche.

_¡Rosales! - Grita Fausto - ¡Dejé mi sombra, hombre grande! - Se acomoda en el banquito, de costado - !Rosales, carajo!

Rosales no hacía otra cosa que buscarla tirado al piso, puteando, maldiciendo la sombra de Fausto.

Fausto intenta pararse y se cae, mientras que Rosales lo ve arriba de la sombra, se lanza cual gato esperando la presa y ambos en el suelo son un revoloteo de manos, pies y ropas.

Los atónitos del bar no podían creerlo.

Nadie en el bar se hubiese imaginado que Rosales y Fausto se odien por una sombra.

Por eso, una sombra, un reflejo de luz que forma una imagen de algo que es Fausto, distorsionado, negro y penumbra.

Cuando el mozo se acercó, Rosales y Fausto, junto a su sombra, ya no son los mismos. No. Nadie en el bar fue el mismo después de esa pelea. Allí estaban los cuerpos, los tres, abrazados, besándose.



Nada es lo mismo, nada es igual.

El cuadro es de Florencio Molina Campos


Desde la igualdad a Diario, Darío en la Oscuridad.

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