sábado, 18 de junio de 2011

Sin luz


Tomé enojado el libro de las excusas y me dije, como para saberlo de memoria, que no se miente. La verdad es una mentira y la mentira es una fantástica verdad, pero irreal. Memoricé uno, dos, tres, cuatro días seguidos lo mismo.

Cada hoja de este libro me miente. Cada hoja tiene una excusa excelente y no lo quiero cerrar, porque me faltan pocas hojas para terminar de leerlo. Memoricé hasta el apéndice, sobre excusas no hay nada escrito, pues la hoja estaba vacía y solo era el título en negritas que sobresaltaba en un papel blanco, dañino, enojado de pureza.

Pasada la semana corrí a la cita, vestido de mi cuerpo, desnudo de mis iras y la vi allí, parada, en una esquina cualquiera. Me acerqué lentamente y, a pasos de llegar, frené mi andar cuando vi que ella tenía una edición nueva de mi libro preferido.

Coqueteo con su sombra que no lee entretenida como su dueña. La esclava me toma los pies, según el día y la cantidad de sol sobre su dueña y me prefiere. Recorro su cuerpo negro, delgado, largo, invisible, perfumado de calle y papeles al viento. Ella se da cuenta que no hay otro hombre que la ame tanto como yo. La vi crecer, estirarse hasta los más alto y luego fallecer en los brazos de los muros que se adormecían ante la mirada mía de la nada. Ella se fue, no volverá hoy. Su dueña también se fue lejos. No esperó ni se dio vuelta para ver que la amaba por tener la sombra más bellas del mundo.

Tomé mi libro de excusas y lo tiré a la basura. Anoche, cuando llegaba a casa me llamó diciendo que si no me animaba, ya no tenía excusas absurdas para seguir conmigo. Lloré, lloré tanto que mis lágrimas no dejaron tomar el teléfono para contestarle que yo sí estuve a su lado, que no pude hacer nada porque la vi con el mismo libreto que yo tenía para dejarla sobre esa vereda de cara al sol. No, las lágrimas socavaron tanto mi pesar que a la semana siguiente salí corriendo por las calles buscando un hilo de sol que contenga la negra sombra afilada que se tragó la noche. No, solo fue eso, una excusa. Una de tantas, como para escribir otro libro de excusas baratas.

Anoche dije que es la última vez que hago de amante noctámbulo y recé por su cuerpo. Velé por sus ojos. Recordé sus manos y me acosté con el cansancio del hastío sexual de los solitarios.

Mañana, nuevamente, inventaré otra excusa y pediré por ella, seguramente, posiblemente, si puedo lo haré.



...Roxanne
you don't have to put on the red light
those days are over
you don't have to sell your body to the night...”

Sobre Sting, desde La Oscuridad a Diario, Darío

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