sábado, 9 de abril de 2011

Existencia


Así como yo me llamo, no me llama nadie, decía de chiquito. El niño gris creció. No tiene de niño nada, pero de gris todo. Así como el ser gris en un adolescente será un gris en la madures. Así como hoy es gris, así se lo recuerda día a día la gente.

El, antes niño, gris muchacho de hoy recorría las calles. Sin nombre, solo con su palidez de ser la única persona gris (reconocida). Buscó trabajo y se lo negaron. No por ser gris, que ya de por sí asusta, sino porque en su vida nunca tuvo un nombre, uno que lo llame y lo compruebe que su existencia no es solamente de su color o su carencia.

Esa tarde de lluvia lo confundía con el paisaje, lo mezclaba y, casi camuflado, lo perdía de vista. Dos o más veces fue víctima del atropello de las personas que pasean sin sentido por las calles de la ciudad, enajenados de sus vidas, de sus misterios y de sus secretos, lo atropellaban porque a simple vista en la ciudad de su mismo color no se notaba. El joven gris sorprendió una tarde, en una plaza de la costa del río, cuando se sentó sobre un césped ligeramente verdoso, a causa del otoño, con varios libros en su mochila de viaje. Acudió a una feria, compró los clásicos, los nuevos, lo de dibujos y los que uno nunca compraría, para ver si entre tanta literatura y arte se encontraba, se veía, se tocaba. Un nombre no cualquiera. Algo que sea único para él, común para todos, cercano para otros. El comprar libros y no importar el comer. Porque mendigar para comer es una cosa, pedir para leer es otra no tan aceptada, casi rechazada, hoy olvidada.

Entre los tantos autores, sus aventuras, sus colores y tonalidades, el joven gris encontró a Juanito. Juanito lo encontró a él. Juanito Gris se tocaron las caras con sus dedos de arpillera y, esa tarde ya tarde, su inexistente vida pasó a tener un matiz menos oscuro.

Si bien el reconocimiento de la sociedad implicaba el tener el nombre, no era solo una condición simple, un derecho adquirido, una idea de libertad, un principio filosófico o lo que fuese. Para este simple niño gris otrora, hoy joven, era más que eso, más que todo su propio reconocimiento para sí. Sus días cambiaron, ya no era el gris otoñal de la ciudad. Sus calles no lo maltrataban, ya no era su baldosa gris en él ni él era una baldosa. Su pecho inflado por su propio nombre, Juanito Gris, era invencible ante la multitud atropellada en los subtes, en los trenes, en el pueblo o en la cuidad. Juanito Gris era un color que murmuraba ante la pregunta de su existencia y su repuesta, simple, que él es Juanito.

Caminó esa noche iluminado. Lleno de ternura de frío. En su descalzada noche, los dedos indicaban el recorrido. Sus manos gastadas amoldaron su arpillera. Su rostro de diario tenía notas de color. Su trabajo, sin salario, era hacerles saber que aquel niño gris olvidado en un orfanato hoy era un joven aventurero de su propias peripecias y, con una sonrisa de luz y pinturas, saludaba a las putas de las calles, los mendigos del cartón y los tranzas de los faroles con su gracia: ¡Hola! Yo me llamo Juanito Gris, ese es mi nombre.




Todos somos grises, dependiendo las luces del día.

...su pobre arco iris tiene dos colores

el negro y el blanco y es triste la lluvia pintada con grises,

qué cosa más triste...”


El Seguidor de arcoiris, de Silvio Rodríguez,

que cosa más bellas,

que cosa más bella,

que cosa más bellas,

que bella, que cosa.


Darío Martin en La Oscuridad a Diario.

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