miércoles, 9 de febrero de 2011

Ofuscados


Esa noche había noticias, pero no estaba aún claro lo que ocurría. Ayer, solo a la tarde, supo que no era algo simple, sencillo, olvidado, se trataba de algo especial, algo importante y no tan común.

Él comentó dos o tres cosas sin importancia. Movilizó su cuerpo hacia la ventana, el balcón daba hacia un enorme edificio que ocupaba media cuadra, un supermercado, miró por el techo, miró hacia los costado y esperó nuevamente que el ruido apareciera. Nada. Se sentó a fumar un cigarrillo, la miró a los ojos, cerró los de él y recordó que unos minutos atrás la tenía boca abajo jadeando, queriéndola, sosteniendo el perfume floral de su cuerpo, agitando las horas y sorprendiendo el goce mutuo, casi perfecto, de ambos amantes que conllevan el orgasmo eterno y relajado, un premio inmaduro e inexacto.

Se disculpó por el tiempo. El tiempo que no la veía. Se disculpó ella por el tiempo que él no la pudo contactar. Ella cerraba los ojos cuando él la besaba en el cuello, ella esperaba los minutos para ser la primera en saludarlo en el día de su cumpleaños. Él esperaba que más personas lo saluden. Ella, internamente, esperaba que su pareja no llegue temprano. Él, internamente, sabía que ese cobarde algo le hacía. Solía pegarle. Él piensa que suele pegarle seguido, por la cara de miedo que ella pone ante el menor ruido de ascensor o en el pasillo.

Como no soportó el esperar la mano que la golpea incansablemente, levantó sus cosas y se fue. Ella solo atinó a decirle que lo cumplas feliz. Él, en su cumpleaños, se fue feliz y preocupado.

Nunca más supo de ella, pero sí de él. Una noche pasaba por una calle cualquiera y la vio maltratada. El cobarde aún le pega. Ella, aún se deja pegar. Lo increpó al cruzar su auto en la boca calle y se bajó agitado. Le gritó idioteces propias de un idiota agitado y preguntó si la conocía. Él, calmado y con sorna, la miró, la llamó por su apodo y le tiró un beso. El cobarde esperaba algo. Algo más. Se subió al auto y se fue ofuscado y cobardemente no tiró ni una mano. Mientras se subía al auto e intentaba una huida honrosa, ella lloraba. Él aún la espera y no piensa tardar en verla el próximo cumpleaños, para que ambos jadeen en vano. A ella aún le pegan, seguramente, pero sabe que lo espera. El cobarde algo intenta saber, pero no tiene la menor idea de lo que ocurre entre los dos, y le pega por su frustración.



Algunas cosas ocurren en momentos inoportunos.

Otras porque dejamos que ocurran.

Y otras tantas queremos que sean inoportunas y que ocurran.


La Oscuridad a Diario, de Darío.

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