miércoles, 5 de enero de 2011

Niño gris oscuro


Nació gris oscuro. De pequeño, muy pequeño, en su nacimiento, asustaba a la gente. Su madre lo abandonó por temor a que sea portador de una rara enfermedad. La aldea lo expulsó y expulsó a su familia que había traído la desgracias de contraer una enfermedad que hace del niño un color gris oscuro, su madre se negó, pero él seguía gris oscuro y pegado a su piel.

La gente temía su gris oscura armonía.

O se es negro o blanco – Dijo Doña Palmira – Mientras juntaba un sorete que el perro de su vecina había arrojado en la puerta de su amplia casa con patio y jardín.

El niño gris oscuro partió a otras comarcas, lejanas, porque las cercanas no lo aceptaban ni a él ni a su familia. Su madre intentó por enésima vez sacárselo de encima y lo entregó a un orfanato una tarde de lluvia, cuando el niño no se veía.

Dios mío, pobre chico maldito – Dijo Sor María del Corazón Inseparable de la Misericordia Última de los clavos del Señor.- Mientras sacaba piojos con DDT de un cuarto de huésped que no se usaba porque estaba prohibido hospedar vagos sucios en el convento San Francisco de Asís.

Se lo pintó repetidas veces, porque así lo pidió el cura párroco de la Iglesia del Convento, de colores claros. De tanto en tanto una montaña de hábitos y negrura corrían para tapar las capas blancas de maquillajes que se salían porque algún que otro niño lo tocaba y azoraba una risotada socarrona de los bancos laterales al ver su grisácea oscuridad.

Fue maltratado por su condición gris oscura, pues muchos de los chicos o eran blancos o marrón claro, pero nadie era gris oscuro, salvo este niño perdido, abandonado.

Durante su incursión en la educación no fue muy grata su presencia, diferentes momentos de su niñez fue separado de los compañeros porque el revuelo y las burlas eran día a día un karma.

La culpa es de él, solamente, porque nadie es gris oscuro – Solía decir el panadero, Alejandro Mastrasto, del barrio industrial, cuando vendía pan rancio de viejo por nuevo a los pobres del orfanato y los obreros del aserradero.

Caminaba horas y horas para no llegar al orfanato, pero también quería llegar y encerrarse porque todos hablaban de él por las calles, cuando cargado de trastos y demás cosas para que los demás tengan a tiempo su comida, sus prendas, sus toallas, sus antibióticos, sus miserias y las de él, gozaran de burlonas ironías.

Dirán que soy malo, pero ese niño no es normal, debemos hacer algo – Decía el doctor del pueblo, jefe del departamento de Bioética del hospital zonal y colaborador de la Alianza por la Vida de la pastoral, sentado en su consultorio una tarde frente a Mariza Grimaldi que le entregó las últimas dos cuotas de su aborto. Es caro, pero es el mejor, solían decir los del pueblo.

Diez años más adelante, el niño gris oscuro se llamó Cristiano Rolasto. No se lo vio más de golpe una tarde de lluvia, casi al anochecer, casi tan gris oscuro como él o similar, se cubrió de color y no volvió más.

Según las viejas que lloraban por aquella desaparición de aquel joven que trabajaba de callejero, limpiando soretes de perros, quitando los piojos con DDT, limpiando los bancos de la parroquia, comiendo el pan rancio, sacando las bolsas de basura del consultorio del doctor, ya no estará para que la mierda de un pueblo sea culpada al gris oscuro de su color.



Este pueblo es una mierda, pero no hay nadie para pintarlo de gris oscuro.

Darío en La Oscuridad a Diario.


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