viernes, 24 de diciembre de 2010

Perfecta


Navegando sobre tus recuerdos de piel a oscuras, de mareas intensas y soles de otoñales posadas y descansos matutinos me dije que si perdiéndolo todo dejaría de navegar y que ahogarme en el siguiente tramo saldría airoso de tus ojos. Pero no. No fue así. No navegué. Ni tus mareas intensas surgieron. Ni los soles otoñales cayeron en hojas secas ni se posaron a la mañana.

Esa noche me levanté, miré por la ventana de la luna siguiente y el canto del cielo nocturno invitaba solamente a llenar de luz la terraza de mi casa y de los vecinos cercanos. Una vela tenue al final se apagó. Me dijo eso, solamente, y se fue como la vida se va cuando uno se apaga internamente. Prendo el último atisbo de lumbre sonora, porque en cada braza que arde hay música, y aspiro el vil metal, denso, cristalino y espinoso que surca por la garganta después de los tiempos. Es ahora el momento.

Encuentro en el pasillo un sueño. Lo levanto. Está inmóvil. Es solo eso, un sueño pasado inmóvil y deseoso de seguirlo así. Miro mi cama, duerme la noche plácida, con algunos gestos de calor y molestias de drogas nocturnas y sonríe al no verme y sonrío para ella. Es mutua la comunicación telepática. Desde allí parto en el recuerdo de sus minutos pasados en jadeos. Desde allí pongo el énfasis de la nada y del todo.

Me senté al otro lado del recuerdo. Desnudo conmigo mismo y con todos. Sin escudos enfrento el golpe de luz. Pero, en oscuridad el único brote psicótico es un destello abstracto carente de luminiscencia. Aspiro una vez más. Llamas que se acercan. Aspiro de nuevo su sabor.

Ya despierto voy hacia donde otra vez faltó la cocina. Faltó el suelo, faltaron los vidrios y, por sobre todo, faltó el respeto su no estadía y su lejanos abusos de semántica predilecta.

¿Cuál es la locura perfecta?

¿Cuál es el instante siniestro que se transforma en claro un pensamiento de divagadas consecuencias literarias y su impaciente relato real implícito de exageraciones sin mentiras?

Una apoteosis de preguntas increpan al solitario cuerpo desnudo y lo alienta a decir a viva voz que no hay fantasma más exquisito que su cadáver ruin sobre los restos de insomnios concentrados en un abrir y cerrar de ojos indiferentes.

Me acosté, besé la piel y dormí entre las flores de todos, al fondo del cajón y una tapa de oscuridad me cubrió en serenata.

No vuelvo a morir así más, solo una y basta.




War is over.

Darío desde La Oscuridad a Diario.

Publicar un comentario