domingo, 28 de noviembre de 2010

Reflejo


Se compró un árbol. También costeó a su perro nuevo, recién nacido y alimentado aún de la teta de su madre. Lo extirpó de ella porque él pagó por su separación. Se consiguió el último pedazo de torta de la heladera de aquella panadería y miró con desprecio a quien osaba ir por aquel magnífico bocado. Cuando salió por la puerta, la cerró y al hombre de las dádivas le dio un botón viejo que guarda en su bolsillo para estos casos.

En donde dice “no pisar el césped” caminó plácido, se detuvo, arrancó una flor y luego la tiró al asfalto caliente del medio día de enero. Cruzó la calle sin mirar a los costados y detuvo el tráfico. No se apuró mucho, ya que se arregló el pantalón que lo tenía bajo. Al subir a la vereda se encontró con un pequeño gato, muy pequeño, que le hacía mimos y lo corrió a las patadas. Al llegar a su casa no hizo otra cosa más que sacar la basura en pleno calor y colocarla en el piso y no en el canasto. Para la tarde los perros del vecindario destrozarían las bolsas y los restos de orgánicos desparramados perfumarían el ambiente.

Se sentó en el sofá y miró la televisión en un volumen alto. Mediando la noche despertó. Miró por la ventana y unos pocos perros debatían la comida hallada en sus bolsas. La torta cayó en la basura. Contó los botones del bolsillo y agregó dos más. Limpió sus zapatos de pisar flores. Sacó su ropa de finas telas. Se bañó. Al promediar la noche se acostó. No apagó el televisor que a los gritos anunciaba un renovador de cutis mágico con baba de caracol estrellado en anís estrellado. Durmió como todas sus noches pasadas.

A la mañana siguiente recuerda, bien temprano, que en su bolso azul estaba el cachorrito. Ya estaba muerto. Lo tiró a la vereda, junto a las bolsas rotas. Desayunó un café, solamente. Se lavó la cara, cepilló los dientes con fuerza por más de cinco minutos, se miró al espejo y en el mismo reflejo su imagen borroneada detrás de una bruma cálida de vapor pegado ve un movimiento. Se asustó y miró a su espalda. Limpia con la toalla en espejo y no ve nada extraño. Revisa el baño y no encuentra nada. Cuando vuelve al espejo ve que su imagen huye por la puerta, pero no logra ver hacia dónde.

Desesperado corre hacia el espejo del pasillo que da a la puerta de salida. Su reflejo intenta en vano abrir la puerta para escapar. La cara de esa imagen asustada y desesperada, que coincide con la de perplejidad del dueño del espejo y del reflejo que huía. - ¡No te vayas! - Gritó asustado. Miró hacia la nada del reflejo, la posible realidad, pero no había nada más que una puerta cerrada, un living y una ventana en dónde minutos antes arrojó al pequeño perro.

Asustado por la escena intenta calmarse y despertar, si es que hay un sueño, una pesadilla en marcha.

_ ¡No te vayas! ¡Por favor! - Ofreciendo las manos al espejo.

La imagen reflejada corre hacia la ventana y se lanza los dos pisos y cae sobre el cachorro, se quiebra el cuello y se corta la cara con una botella rota de su propia basura, la del reflejado.

Su imagen se suicidó.

Se llevó un espejo hacia la ventana y allí estaba. Aún sangraba y se quejaba en agonía.

Bajó los dos pisos, con espejo en mano, y se puso a mirar como, de a poco, moría su imagen. Mientras sostenía el marco con una mano, con la otra intentó tocar el suelo del agónico ser. Le habló con dulzura. Hasta que no pudo hacer otra cosa más que llorar.

Se encerró en su casa con lágrimas. Escondió todos los espejos que ya no lo reflejaban. Durante tres meses sintió el olor a muerto trepar el departamento e ingresar a su casa por la ventana. Nadie, excepto él, sabía de dónde venía tanto olor. La policía requisó todo el edificio. Muchos vecinos se quejaron de él por los malos tratos y lo acusaban de tener a alguien muerto en su casa.

Siguió su vida sin imagen en un espejo.

Al año siguiente, con mucho miedo, miró por la ventana con un espejo y sólo quedaban huesos de aquella imagen suicida, de su reflejo.



Cuando uno menos lo espera siempre se suicida un reflejo de uno en algún espejo...

Yo lo esperaba y así sucedió, por descuidarme de mí.


Darío reflejando La Oscuridad a Diario

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