jueves, 11 de noviembre de 2010

Confuso


Técnica: Punta seca. Fabriano Rosa Espina blanco.


Todo fue muy confuso, extraño y dinámico. Esa mañana me levanté al tropel porque la puerta y el timbre gritaban voces al unísono. Un telegrama. Algo extraño para la época en donde las comunicaciones son más dinámicas y extravagantes. Así mismo era extraño todo el ambiente. También la locura imperaba en las calles. Era temprano y la gente se movía con la prisa de la media mañana de los bancos del centro.

Intenté por un momento comprender que algo me estaba perdiendo. Miré el telegrama, que lo tenía en la mano mientras el cartero, un chico joven de apenas veinte y monedas de años, que seguramente vio pocos telegramas en su vida y normalmente sobre despidos y renuncias laborales, me pedía que firme.

No le pregunté más nada y sólo un gracias. Se retiró rápido, como llevado por la corriente espesa de gente que circulaba por el barrio, que me dejó pensando en nada y en todo. Algo me estaba perdiendo más que algo extraño portaba el telegrama, curiosamente recibido.

No suelo saltar de la cama temprano. Nunca, si estoy en mis días de descanso, no suelo escuchar el timbre o la puerta. Se esmeró bastante el muchacho de las cartas. Salí hacia la ventana, telegrama en mano, aún atónito por varias cosas, y visualicé a la vecina del frente del edificio que cargaba unas cuantas maletas en el auto. Me llamó la atención que otros vecinos salían hacia el centro. Yo ubiqué mi nariz sobre el vidrio que sacudía el primer calor del sol hacia mi rostro. No entendía el éxodo que se gestaba. Algo raro, extraño, estaba pasando y yo con un telegrama en mi mano que aún no soltaba.

Me percaté del viejo en la esquina sentado en su lugar de siempre, radio en mano, y casi con desesperación buscaba sintonizar un dial. Faltó poco, cuando su vecina de lado, corrió a sacarle la aparato para ella misma intentar sintonizarla. La frenética corrida, la locura instalada, lanzándose hacia el pequeño recepto y el viejo que no entendía la situación.

Así mismo, viendo la desesperación corrí metros hacia el televisor. La señal estaba cortada. Nada, más que rayas grises, decía de la histeria colectiva vivida. Prendo la computadora y, tras unos minutos de espera, se conecta. Miro los titulares de los diarios y encuentro que hablan de caos, muchedumbres y personas que van y vienen desesperadas, pero no encuentro el porqué. Tampoco estaba concentrado para tener la paciencia mientras afuera el correr de algunas personas y los gritos son muestras de algo.

Me visto, abro la puerta y veo que dos personas corren y se empujan para llegar primero hacia algún lugar del fondo de la calle. La pensé dos veces antes de salir. Volví a entrar y cerré la puerta, casi con miedo. Creo que fue con más miedo que desconfianza sobre la situación. Esta histeria colectiva puede llevar a una población a comportarse de maneras extrañas y salvajes.

Tomé el teléfono, llamé a mi hijo. No atendía. Me puse mal. Llamé a mis padres, ellos siempre están con su nieto. Nada.

Entré en pánico. Era la primera vez en mi vida que tenía miedo, mucho miedo por nada o por algo.

Miré el telegrama. Estaba tirado debajo del sillón. Cerré la computadora, y apagué el ruido del televisor que no emitía señal. Miré el fondo de mi habitación, vacía sin mí y me puse a llorar sin saber porqué lloraba y ni siquiera saber qué pasaba.



Una mañana de estas será que explotemos.

Ya nadie respira antes de hablar.

Eso es histeria.

Darío desde La Oscuridad a Diario.


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