sábado, 9 de octubre de 2010

Fotografía


Se escucharon a lo lejos las ráfagas. Muy a lo lejos de aquella selva insoportable, apestada, mortal y vagamente vacía de vida humana. Ya era tarde. Nosotros mismos éramos cadáveres cansados de morir en cada descanso y, entre balas y balas, solo quedaba tiempo de comer hojas, uno que otros pastos verdes y agua con mosquitos. Atrás quedaron unos cuantos compañeros y el Comandante. Yo no los conté o sí, ya no lo recuerdo, o sí y no lo quiero recordar así de golpe.

Bajamos una cuesta impresionante, abajo el río bramaba enojado, y si tenía en mis manos una cámara de fotos, en ese mismo momento, les pedía a todos una pose de locura para la posteridad.

Habíamos salido de Cuba disfrazados de diferentes formas. Vestidos como los demás viajeros de negocios sucios que recorren los países sudamericanos. Panamá fue mi primer destino. Bajé a Colombia y de allí ingresé por Brasil en vuelo directo y clandestino hacia Bolivia. Me esperaban entre las montañas y un claro nunca visto por mis ojos. Tanto verde hacía mal al iris. Me llamó la atención, en los pocos pueblos de todo el trayecto hacia el campamento, los olores sabrosos que babeaban a más de uno.

Tomé la cámara en varias oportunidades para sacar algún recuerdo de los pasillos naturales que tiene la selva boliviana. Creo haber sacado unas 30 o 35 fotos de un mismo lugar. Un compañero me hace señas para que me tire al suelo, en ese momento un camión militar pasa y levanta polvo de la carretera. Antes de levantarme apunté el lente y disparé. Creo que salió perfecta la combinación polvo, sombras, vehículo en movimiento, los pies de mi compañero, el fusil y más verde que daría una escala de grises para un cuadro, un mural.

Al final del recorrido, según el Comandante, que se lo veía en las peores condiciones y digo peores porque ha estado muy jodido, murmura un estamos rodeados desolador y trágico. Creo haber sacado fotos del momento con mi mente aturdida. La cámara que antes lo hubiese retratado, hoy solo es agua en algún lugar del Río de difícil nombre. Lo ayudé, lo levanté porque ya no podía más. Ese día caminamos entre varios pelotones que nos encerraban, lo llevé unos metros, me miró y miró el cielo. Se tocó su cara aspirada por sus pequeños pulmones y dijo "Esta es la última vez que veo la caída del sol".


«¡Póngase sereno —me dijo— y apunte bien! ¡Va a matar a un hombre!» Entonces di un paso atrás, hacia el umbral de la puerta, cerré los ojos y disparé la primera ráfaga. El Che, con las piernas destrozadas, cayó al suelo, se contorsionó y empezó a regar muchísima sangre. Yo recobré el ánimo y disparé la segunda ráfaga, que lo alcanzó en un brazo, en el hombro y en el corazón. Ya estaba muerto.

Mario Terán relató los últimos instantes del Che Guevara





La Oscuridad a Diario

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