martes, 10 de agosto de 2010

Vapores


Salió a la noche. El camino de ida hacia Hiroshima era un tramo, nada más que eso. Desde Nagasaky las pequeñas luces, las fábricas y el humo envolvían una guerra perdida, eso quedó atrás cuando salió de la isla. Hace dos días que está caminando Yanajido.

-Salí de noche. Me espera un camino hacia mis padres. La guerra, mi pobreza, el Emperador, el honor y el mismo horror estaba terminando y con él comenzando. Uno no muere en una guerra, por más cruenta, uno muere porque se le acaba la esperanza- Pensó mientras subía una cuesta por el camino. Hacía varios días que se turnaban para seguir. Todo era un desastre. Llegó cansado a Nishio, espera una madrugada despejada.

La luz del sol. La luz de los faroles. La luz que quema.

Yanajido pierde de golpe el suelo en que pisa. Pierde el sentido y el gusto a sus cosas cotidianas. Pierde la piel. El cabello se le quema. Pierde a sus padres que mueren vaporizados. Pierde a su compañero que entró a Hiroshima un día antes que él. Pierde las ganas de vivir y las de morir. Una nube de muerte crece sobre su cabeza. Piensa que el fin es el mismo fin. Sus padres evaporan nauseas y recuerdos.

Dos días para encontrar a alguien que lo ayude, se quema. Era una llama viva de ardor. Llora por los que no están y por los creadores de muerte. Llora porque su país pierde a su gente evaporada. Llora porque la piel supura.

En la radio los mensajes de pena penan más que en toda al guerra. Japón fue víctima de la masacre más cruenta de la historia de la humanidad que Yanajido no conoce, ni conocerá.

Un campamento de auxilio lo encuentra y lo intenta calmar con paños de agua. El médico lo coloca entre los que no tienen más remedio que quejarse hasta morir. Se dobla de dolor. Se encorva de llantos. Es trasladado hacia su pueblo por sus propios medios y se tumba en cada camilla que se ofrece. Un éxodo de dolores recorren los caminos. La base de Nagasaky espera a los heridos que son transportados en barcos, camiones, autos y a pie.

La radio, al día siguiente, anuncia que sus hijos son extirpados de su piel. Escucha que el vapor de otra bomba atómica los hace desaparecer de la nada hacia la nada misma. Nagasaky desaparece ante el poder del fuego atómico. El mundo se queda mudo y un grito de poder le pone precio al cuello de la humanidad. Todos está estupefactos.

Yanajido no, el muere antes de llegar a las ruinas de lo que llamó hogar, al pie de su casa que hoy no está, junto a sus hijos y su esposa que son polvo del morbo guerrero. Harry Truman enciende su radio, escucha las noticias, escribe un diario y se sirve una copa solo para brindar que Yanajido ha muerto como debía morir.



Inspirado de este pequeño cuento.

Nagasaki, 9 de agosto de 1945.

A sesenta y cinco años del bombardeo nuclear a la ciudad japonesa de Nagasaki, este minicuento del escritor español Alfonso Sastre.


Nagasaki


Me llamo Yanajido. Trabajo en Nagasaki y había venido a ver a mis padres en Hiroshima. Ahora ellos han muerto. Yo sufro mucho por esta perdida y también por mis horribles quemaduras. Ya sólo deseo volver a Nagasaki con mi mujer y con mis hijos.
Dada la confusión de estos momentos no creo que pueda llegar a Nagasaki en seguida, como sería mi deseo; pero sea como sea, yo camino hacia allá.
No quisiera morir en el camino. ¡Ojalá llegue a tiempo de abrazarlos!



La imagen, situada a unos 250 metros del centro de la explosión, muestra la sombra de una persona que estaba sentada en las escaleras de un banco, probablemente esperando a que abriera. Las temperaturas de hasta 2.000º C lo incineraron sobre el escalón.


El imperio asesino de niños nos mata y mata con ellos el futuro.

Que las cucarachas cuenten la historia.

La Oscuridad a Diario, por Darío.

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