lunes, 2 de agosto de 2010

Presentaciones causales


La imagen no tiene nada que ver con el relato, pero que está muy buena no cabe la menor duda.
La foto es mía...
Campana: calles De Dominicis, entre Rawson y San Martin.


Después de una bizarra presentación de dudas y certezas, tanto de uno como de la otra parte, mate de por medio, charla en el parque al sol de la mañana y reposando sobre el pasto verde claro se besaron en una escalinata de oscuridad y pasajes lúgubres que tiene la ciudad.

Pasaron días. En los días a venir se volvieron a besar. Entre esos días fue sexo. Entre el sexo hubo rumores y promesas dignas de un criptograma. Entre los recovecos de la histeria hubo momentos pocos y muchos. Hubo pasión de multitudes. Un auto blanco parado en la puerta de su casa que con gusto lo montarían y lo convertirían en un bote para navegar lejos. Hubo promesas de viajes. Hubo ganas de viajar eternamente pero terminaban agotados de acabar en una profana penetración carnal con vínculos mezclados y olores derivados del mismo fuego eterno entregado.

Pelos de gata. Tirones de pelos. Con o sin depilación definitiva y depilado para el momento. Hubo besos de un hola después de un tiempo. Hubo idas por ir y sentarse a enfermarse de solo hablar nada, un montón y más nada.

Se encontraron hace mucho y lo recuerdan como ayer. Los labios transpiraban al hablar, solo por hablar de cada uno y de cada quien en el lugar que a cada cual le corresponde. Propuestas de una vaga diversión y un roce de derechos vacuos llenan los espacios perdidos por el tiempo de no verse. Se resignan a decir mucho y hacer poco. Se miran, estáticos. Se ven, estáticos. Se tocan, estáticos.

Ayer se levantó temprano, soñó que no dormía mucho más de lo que durmió. Miró la hora y recordó.

Miró la foto. Tocó el rostro plano y brillante y le dijo al oído: Tengo ganas de tu boca. Tengo ganas de no extrañar.








Tener esto o lo otro. Tener todo o nada.

Tengo ganas de tener.


Darío en La Oscuridad a Diario.

Hay que ver en los momentos que la lengua escupe lo que uno viene macerando, leudando y transpirando cerebralmente en algo tan corto y llano que gusta más que algo largo y borrascoso.

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