martes, 20 de julio de 2010

Techos



Cuando era pequeño, muy pequeño, solía gustarme el mareo de las cosas altas. Solía subir la escalera de casa, aún sin terminar, y mirar el caserío del barrio Los Fresnos, que no tenía mejor vista que el puente Zárate Brazo Largo y el supermercado de Emilio J. Merlo.

Más adelante, no tanto, solía hacer señales con luces a mis primos desde una esquina del techo hacia barrio Pitrau, unas seis cuadras, justo sobre la ventana del chalet y sobre los techos de los vecinos y ver la repuesta del otro lado y sonreír.

Solía sentarme en las tardes de otoño al sol y mirar el cielo, las nubes y dibujar con el dedo la nada, pensando en mucho, sobre un colchón de pasto en bolsas de papas que usábamos para hacer malabares.

Los aviones parecían que cruzaban sólo para tocar la antena de diez metros que mi viejo colocó para tener los canales de Rosario y de Montevideo, que nunca se veían, menos los de Capital, y escaparme con ellos en viajes ilustrados.

Solía ver desde mi atalaya a los adolescentes del momento en el barrio escribiendo los amores en la señal que el padre de mi amiga Nancy había colocado en la esquina de 1 de mayo y Arribeños y fantasear que era amigo de ellos y ellos no eran amigos míos.

Solía fumar a escondida sobre esa altura ya no tan alta.

Una vez me subí al techo de un vecino para ver si lograba verme mirar la nada, el vecino me echó a los gritos y no me pude ver.

Inventé amigos nuevos para que me vean y resultaron todos reales.

Luego trabajando encontré amigos de fierro.

Leyendo y estudiando encontré amigos de fuego e historias.

Tomando se acoplaron otros que eran fugaces como el mismo alcohol por las venas.

Las drogas inventaban amigos buenos y risueños que se esfumaron tan rápido como el letargo.

Luego se sumó gente conocida y gente por conocer.

Un amigo se perdió y apareció virtual, casado, cansado y viejo.

Una amiga fue encerrada y no la vi más.

Otro murió cuando no tenía que morir.

Un amor se convirtió en amiga y una amiga trajo amigos que fueron amores.

Una amiga es un sueño de amiga, que está aunque yo no esté.

Otro, uno viejo y machacado de ideas, es un amigo más de los que nunca faltan y de los que uno quiere.

Otros quedan retratados en las fotos.

Algunos más esparcidos.

Ayer subí al techo. No se ve más el Puente y el Supermercado es un Hipermercado. La casa de mi primo quedó escondida en varios edificios o casas altas, pero se que está escondida. Mis primos no, están con sus hijos. Los aviones no tocan nada, salvo el aire y la televisión viene por un cable y habla varios idiomas. Ni el cielo pude ver, estaba nublado y el pronóstico daba hasta hoy lluvia.

Algo es seguro. La lluvia moja de la misma manera que cuando tenía seis años. Los amigos también están, entre los edificios, las casas altas y el mismo cielo. Otros en la misma tierra, por debajo y por arriba. Los nuevos son con sabores conocidos y los viejos igual. Algunos con derechos y otros sin ellos.

Yo estoy.







A mis amigos los nuevos, los viejos, los que vendrán y los que se van.

Darío Martin desde La Oscuridad a Diario.

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