jueves, 1 de julio de 2010

Piedras


Se tropezó una, dos y tres veces. Corre la cama, la sujeta contra la pared y sale hacia el baño. Cuando vuelve siente ese escalofrío y dolorida corriente eléctrica por haberse chocado el pié en la pata de la misma cama, que por un instante pareciera que se mueve con el mismo propósito de plantarle dolor, y se pega en el dedo chico. El más pequeño de los dedos del pie. El más sensible. El doloroso. El de las puteadas. El del insulto al aire.

Ya, a esta altura, levanta la cama de un golpe. Maldice a su constructor. Al inventor de la cama. A la abuela por el regalo. A los espejos.

Se peina, sale corriendo desnuda y mira la hora. Es tarde se dice. Se coloca un vestido, probado de ante mano, y no le convence. Se coloca la segunda opción. Se viste con la tercera. Mira el espejo y no se convence. Las Zapatillas azules, los cordones blancos. Sin corpiño es mejor. Corre a ver el reloj de la sala. Es muy tarde.

Sale por la puerta corriendo vientos, vestida de la primer opción y con sandalias. El pelo atado, maniatado como la semana, los aros comprados en la feria del parque, unas pulseras.

Marca un número en el celular. Responde un nadie. Se equivocó. Intenta buscar un número nuevo en la agenda mientras llama un taxi, mientras corre por la vereda, mientras llega a la esquina.

Sube al taxi, marca el número, llega a la esquina y nadie contesta.

Envía un mensaje con bronca.

Duele el dedo pequeño. Duele porque se lo lastimó. Le queda bien el vestido. El pelo mucho no le sorprende. Es tarde y lo sabe.

Llega en taxi. Se baja y nada.

Su celular está callado. Vuelve a llamar. Intenta comunicarse. Mientras camina hacia otra esquina. Pisa mal y se vuelve a pegar en el dedo. El dedo chico, el que duele porque ya dolía. Quiere llorar. Le sale una lágrima oculta detrás del lagrimal. Putea a la piedra. Putea al celular. Putea a una vieja. Putea al día de mierda.

Envía otro mensaje. Desde esa esquina el sol pega inclinado, solapado detrás de los altos edificios. Llama y nada.

Es tarde ya. Ella lo sabe.

El dedo sangra. Ella lo ve y no sabe que más hacer.

El vestido le gustó, pero no le sirvió de nada.

El pelo es incorregible. Es un verano húmedo.

Se sienta en el cordón, prende un cigarrillo y llora. Lloró hora y media. Nadie se atrevió a mirarla mientras lloraba. Llora por la tardanza. Llora por el dolor que le produce el dedo lastimado por tropezar tantas veces. Llora porque vuelve a tropezar otras tantas. Ya no llora por la tardanza ni por el dedo ni por el pelo ni el vestido.






Cuantas veces uno cae y se levanta. Otras llora, como quien dice al pasar.

Desde una piedra, Darío, de La Oscuridad a Diario.

Publicar un comentario