domingo, 25 de julio de 2010

Monotonía de domingo



Salió solo a la calle. El viento, típico de invierno y la llovizna pasajera sobre el rostro febril y las nubes oscuras, de a pedazos, decían que la tarde era para estar tirados al fuego del abrazo y de los cuerpos. El invierno es eso, lo típico.

Miró la calle recorrida, pensaba internamente sobre su vida, reflexionó en cada esquina, pues hay una encrucijada en todas ellas, murmuró entre el cuello de la polera. Llegó la espera entre el colectivo y su lugar en ese momento, su mundo al frío aire. Su hogar transitorio por minutos, todos los días, cada vez que sale al trabajo. Lunes de mañana, la noche quiere quedarse y la madrugada la despierta, le pide perdón y la manda a dormir. En la calle, en esa esquina, nada. Algunos perros dormidos. Las hojas que el otoño dejó colgando de su efímera vida se sueltan y arrastran su decadencia hacia la pudredumbre cotidiana. A esa hora parece no haber vida. Martes y demás días es lo mismo. Salvo el domingo. Autos y luces bordean la calma y pasan raudos, permitidos por el silencio.

Lunes de noche es hora de dormir. Lunes de trabajo y afuera, en ese espacio se congela el cielo. Las estrellas brillan más que de día y de madrugada. Las estrellas brillan, se dice en cada mirada al cielo semanal. Acompañan la velada la luna, una vez por mes, llena y saciada. Total, después de la noche el día se duerme. Durante toda la semana es igual, salvo el sábado. Los sábados hay vida enlatada que se desvela y rebela de una noche y el sonido de la música los aglutina en esquinas, bares y calles. No importa el frío. Hay piel sobre las prendas y prendas sobre la piel.

Lunes de tarde. Vamos, venimos y vemos escolares, trabajadores y uniformados. Todos los días hábiles son el mismo repertorio que el teatro tiene. Antes igual, ahora igualmente, mañana será lo mismo. Salvo el domingo. Hoy, domingo, no hay gente ni calle ni nada. Un manto gris opaco que pintó el cielo y las veredas. Acompañó el asfalto y las ramas secas de los árboles frondosos que tiene toda la calle a su largo. Desde esta esquina, en esos diez minutos, el camino que subía y bajaba, se escondía y reflejaba a lo lejos, casi interminable, se asemejaba a los años vividos. Siempre hay esquinas, siempre hay que elegir. Siempre hay personas. Siempre hay tardes y siempre colores. Hoy es un día gris.

Frente a mi esquina transitoria hay cuatro cuadras y un corte abrupto en donde la elección se torna confusa. Si la vida transita por esta calle solo tenemos una elección supuesta. O se termina allí o viramos en sentido correcto y terminamos a dos cuadras o a contramano del mundo para seguir quien sabe cuanto más, esa es una segunda o tercera o primera o única.

Volver no es lo permitido, salvo recordar.

Una calle no es el destino y el destino no existe. La calle es una calle. Un domingo, como este, existe siempre que sea un domingo de calle.

Es lo que quiso, es lo que quiero, se dijo. Miró oportunamente sobre sus anteojos el mundo nuevamente y las nubes señalaban su retirada.

La luna estará acompañando la noche, pensó. Hay opciones. Subió al colectivo que viró en la calle cortada y lo llevó al pasado pisado por su camino al trabajo. La próxima vez, dijo, lo espero en la avenida en vez de adelantarme para ganar tiempo, pues es una pérdida de vida ver lo que vendrá sabiendo que de la misma manera será así todos los días a cualquier hora.





Frío domingo, feliz domingo.

Darío en La Oscuridad a Diario.

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