jueves, 24 de junio de 2010

La calle


El negro volaba feroz sobre las calles desiertas del pueblo. Tenía que estar a las 9:15 en lo de Pancho para comer. Pancho lo esperaba con fideos caseros. Pancho le adelantó la invitación al mediodía y es promesa.

El negro corría por la plaza principal. Dos cuadras y llegar al bulevar a la izquierda. Ante unas miradas interesantes de los transeúntes del pueblo, que a esa hora nadie o pocos se atrevían a salir, salvo para comprar lo que quede de pan para cenar en la panadería de Rosita, entre la Municipalidad y el kiosco de revistas. El negro llega al final de la plaza, agitado y cansado, corrió sin parar desde la Terminal, cuarto cuadras al volar del viento. Por el frío de las sierras, que bajan oleadas de invierno, Tornquist se cierra por completo. La oscuridad, por fuera del pueblo, es oscuridad total. Algunas nubes, la luna a lo alto que viene desde Bahía Blanca y se acuesta por Pigüé.

El negro frena en la esquina, mira hacia los costados y cruza decente, cansado, pero al tocar al vereda sigue su carrera. Sabe que llega tarde. Llegar tarde significa no comer.

Por el bulevar viene Carlos, el hijo del director del aserradero, con su cumbia a todo volumen en su auto nuevo. Dobla en el boliche del Automoto, tomando Rawson, y lo cruza al negro. Carlos escuchó un gritó lejano.

El negro fue encontrado muerto en la calle, con los ojos congelados de toda una noche fría. El vidrio de su alma reflejada dice que se fue. Sólo el sol de la mañana y los chicos que van a la escuela hacen eco de su muerte, que fue corrido al costado del cordón para no seguir desparramando su perruna fortuna por todo el pavimento.

El negro no llegó, dos perros marrones grandes se aprovecharon de su suerte y se llevaron los fideos caseros.

Al negro lo levantó el camión de basura.




No es como venimos, sino, como nos vamos.


Darío, desde La Oscuridad a Diario, lejos de Tornquist.

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