jueves, 17 de junio de 2010

Cuestión de honor


Un sólo beso de fresa, una boca cerrada, un sólo aroma. Recordaba eso cuando partía a su trabajo, como de rutina, como de memoria. Una foto, un libro, una mirada, tres años, una noche, dos personas y un saludo eran parte importante de la memoria que guardaba la imagen en esa mañana fría de julio.

Decidió seguirla.

Caminó virtualmente por las nubes cuando supo que sí, que ella venía a su encuentro. Pero él no creyó en todo lo que prometió ni ella aceptó lo que él argumentó. Fueron debates filosóficos al aire, uno denso, al éter mismo de la luz, por su velocidad y brillo.

Negoció un encuentro cercano y se perdió en palabras. Las de ellas eran palabras sueltas y él las respetaba.

Ella se compró una bolsa y se tapó de lentejuelas, zapatillas y luces.

El se compró un arma y se voló la cabeza.

Ella no lo sabe. El contacto era solo telefónico o por cartas, ahora se siente ofendida, vaya uno a saber el porqué, ya que su adulador gratuito y amante mensajero ya no escribe ni la llama. Tomó la decisión de no hablarlo más.

En su último mensaje le dijo “Puedes olvidarme para toda la vida, el fin del mundo ya no me interesa”.

Él, con su traje de madera, la ignora. Así como ella ignora lo de él.








Suele ocurrir que no sabemos de alguien que murió, cuando nunca nos enteramos que existió.

La Oscuridad a Diario, de Darío Martin.

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