martes, 22 de junio de 2010

Contrato


Se presentó galante, acompañado de truenos, rayos, estrellas y un olor a fresas. Se presentó con besos de labios pomposos y olor a sexo. Se presentó en celo, caliente, apasionado, lamiéndose los dedos y tocándose las partes de su cuerpo vulnerables a la excitación. Se presentó con papeles en mano y un bolígrafo.

Se presentó con nombre y apellido.

Se presentó con un coro de ángeles rojos endemoniados.

Se presentó en esos momentos en donde uno tiene las tantas tareas del día aún frescas y sin resolver.

Tomó mi mano y me ofreció ser la persona única en este universo contratada para tal efecto, sellado y notariado, y me dio el contrato para que lo lea.

Atentamente, ante las explicaciones del caso, leí y propuse cambios. Notaba en su voz que las propuestas se hacían interesantes y lo veía como desconfiado de lo que escuchaba. Leyó él mismo en voz alta el contrato, esperaba encontrar algo raro, pues mi humor era excelente y mi rostro no denotaba asombro ante su presencia.

Me lavé las manos, me cambié y me puse la misma ropa de siempre, la que uso todos los días. Miraba atentamente mis movimientos, desconfiaba en mi sonrisa hacia él, pues era raro que alguien esté contento por su presencia a menos que pida algo que lo favorezca, en este caso las correcciones de contrato, rara vez ocurren.

Tomé el bolígrafo, sonreí nuevamente y antes de firmar, grita que espere. Llama a un asesor político, un teólogo y un especialista en contratos. Leen detenidamente el contrato, me miran, se miran, nos miramos y él me mira acariciándose el mentón.

Vuelve a mí y me siente el olor al no miedo. Yo, cerrando los ojos, siento su aroma a virtudes, amoríos y lujuria. Un poco de gula y de muerte. Sonrío cuando se retira. Le pido el contrato, si está bien, firmo. Los eméritos asienten con la cabeza y él me lo entrega.

Firmo consciente.

Abre la puerta de casa, mirándome fijamente, el resto se retira sin hacer ruido, pero él queda callado en la puerta. No entiende que mi propio infierno es la felicidad.

Feliz diariamente es morir sin poesía y no poder tenerla nunca más.




Ya firme, sorry.


Darío de la Oscuridad a Diario.

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