viernes, 4 de junio de 2010

Como tango



Impactaba el hecho de verlo llorar, tan solo estar sentado en la calle, al borde del cordón llorando, a moco tendido como un niño.Porque era un niño. Él quería llorar mucho. Él solía llorar solo, en una esquina de su cuarto, y ahora lo hacía en la calle. Caminó seis kilómetros llorando, sollozo y mocoso. Caminaba por momentos sin ver a los autos de frente ni los que pasaban al borde de la autopista en construcción que soplaban besos de muerte. Los semáforos guiñaban el llanto. Las luces de la tarde, ya noche, encendían y visualizaban el llanto. Su ropa, cómoda por el uso diario, estaba sacada de su habitual costumbre, la camisa afuera del pantalón, las mangas mal subidas y los botones a medio prender. Una vez que pasó el puente de la ruta, se paró para ver cómo los autos dejan la estela de un paso ligero. Los ojos vidriosos contenían las luces de los faros latentes y de los rojos avispados que huían del sollozo. Le faltaba mucho por llegar, pero el camino a la pena máxima era cruel, él lo sabía, y recorrería los kilómetros que fuesen para llegar, llorando, pero llegar al fin. Antes, minutos, salió contento hasta que el auto frenó. Le pidió que se baje. Él pensó en un chiste. Sergio era un flaco muy lindo, canchero y buen amante. Volvió a decirle que se baje. No le creyó. Lo tiró a los golpes en la puerta del hotel alojamiento. Se bajó, le abrió la puerta y lo arrancó del asiento al grito de bajate pendejo puto de mierda de mi auto.

En la habitación se besaron los cuerpos. Nunca experimentó aquel lamido de lobo en celo y sus múltiples orgasmos mentales ante la presencia del amante fogoso que lo sacudía esperando el final de impenitencia en el amor carnal. Entraron con miedo, pues se conocían poco. Entraron los dos con ganas de tener el mejor sexo. Entraron mirándose a los ojos, con esas miradas en donde ambos se estaban tocando. Cuando lo pasó a buscar, sonrió. Nunca había hecho eso, lo de sonreír por ver a una persona a la que había visto una sola vez, pero miles de cartas decían que la conocía mejor que en la misma realidad. Se perfumó para la ocasión. Se cambió de ropa como tres veces. Se perfumó hasta las partes que arden por el alcohol del perfume. A la mañana se masturbó esperando la tarde y la noche y la misma madrugada.

Su madre, antes de salir, le dijo: ¿Juan, vos regresás o te quedás en casa de tu novia? No má, me quedo con Sandra toda la noche.





Paseo por las noches de cuentos - Darío Martin - La Oscuridad a Diario


He regresado con cuentos, seguirán los cuentos. Tendremos cuentos. Compartiremos cuentos y redactaremos cuentos.

Gracias.

Publicar un comentario