jueves, 4 de febrero de 2010

Autonomía



En estos años,
sin parar,
he visto morir el cielo.
He disparado al aire.
Ya no queda viento que me tenga miedo.
Ya no quedan estrellas que no se oculten ante mis disparos.
Ya no hay luna nueva que no se oculte y desaparezca.
Tan oscuro.
Tan silencioso.

He sido el culpable,
siempre,
de los fuertes vientos.
Del constante sangrado del cielo.
De los diferentes y descontrolados consuelos
y del oscuro futuro de lo perdido.


Y las voces de timbre suenan. Y las calles se inundan de algarabía. Y los coches cómplices me ven. Y la gente se pregunta. Y el hombre negro me habla. Y su voz me culpa. Y la historia juzga. Y la soga se ajusta. Y la muerte se prepara. Y la ciencia se enoja. Y el dios se molesta. Y la carne se afloja. Y tu sangre empuja. Y mi cuerpo se estruja. Y tus idas son mis venidas. Y mi cuerpo cae. Y tu sonrisa paga. Y colgado voy. Y colgado quedo.


Hoy me toca a mí.
Hoy, a mi voluntad, no me resisto.
El cielo dirá que sí.
Las estrellas clamarán venganza.
Pero les dejo las ganas.
Soy yo el que quiere esta herida gustosa y el goce me lo llevo a mi boca como dulce manjar venenoso.
La cicuta es mía, no la comparto.







Darío, de La Oscuridad a Diario.
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