lunes, 8 de septiembre de 2008


Intenté explicarte que amar es amar sin razón
Y, con razón, intentas quebrar mis noches y dejarme agotado para no hablar.
Compartes el humo que nos une
Y, como fantasma, desapareces de tu cama en cada pitada que das.
No me esperes
Comienza ya tu danza y déjame mirar a tu lado, dispuesto a bailar,
llenándome de amor, de humo y alcohol.


Recorrió la noche con la mirada al río. La ciudad se duerme lentamente y solo los gatos son amantes vivos de los tejados. Hoy, como algunas noches, la luna no aparece y eso no desespera, solo inquieta no tenerla a su lado contemplando el panorama trágico de la oscuridad toda.
Asume que a su bebida le falta hielo. Sin importar el sorbo, lo toma mirando a la nada del vaciado vaso. Un whisky más, en espera. Uno más y la mirada clavada a una boya que alumbra a los navegantes que huyen de las luces del puerto.
“Un piso antes del séptimo cielo abrió el ascensor” dice en voz baja. Intenta tararear, pero nada. Su mente se fija al horizonte mezclado, ya no hay isla ni cielo ni fuego ni humo ascendiendo al dios de los truenos que no llega y se retraza más a medida que se contamina el aire de la ciudad.
Escucha a los vecinos, viejos molestos de ruidos ajenos, y le pide a su disco que grite… John Coltrane lo entiende y toca fuerte en ‘Soul Eyes’. Espanta a los visitantes nocturnos. No más gente. Esta noche, no más gente. Mira nuevamente el vacío y se refleja ante un vidrio que muestra su realidad. La suavidad de los dedos de Coltrane pide que se calmen los ánimos entre él y su reflejo.
Bastó colocar la mirada fija y abrir nuevamente el pórtico que separa su lejana noche y su música. Ya no más realidad. Invoca al chamán de su tribu y desata la ilusión de sol. En cada pitada, desprende su interior. Al compás de su humo, hace el rítmico halo que se eleva pidiéndole perdón por su incomprensión.
Lo reconoce, mira su mano y la pequeña vela sigue llamándolo, ‘soy adicto a tu amor’ se le escucha. No pasarán más que unos minutos en cuando comienza aletargar su tiempo de vida. No es raro verlo dormir sobre la alfombra del living, desnudo y un vaso en su mano. Sobre todo los fines de semanas.
La voz suave de Johnny Hartman le dice al oído ‘They say it's wonderful’ y él sin entender del todo, sobre el piso, se ríe a carcajadas. Lentamente lo consume su recuerdo. Lo toca demasiado y llora. Ríe, agobiado, y ve por la ventana que su amante plateada da por sentado que sus veintiochos días sagrados son para esperarlo. Ríe lentamente, le pide un tema más al disco y calla.



Me hago el amor profundamente con tus recuerdos vagos.
Me calmo.
Me curo de tus heridas y luego te llamo para que las vuelvas a marcar del mismo modo y donde las tenía.
Déjame dormir en el piso que tus pies besan.
Déjame besarte y dormir.
Si no quieres eso, lárgame por la ventana y cierra las aberturas todas y niégame las entradas.
En veintiochos días volveré
y veré si aún me amas





Recomiendo a John Coltrane, su disco “John Coltrane & Johnny Hartman” y disfrútenlo como yo. Darío, desde mi balcón, La Oscuridad a Diario.
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