jueves, 7 de junio de 2007

Parte de guerra

La pérdida y la traición


Como quimera
vestido,
con ropa de preso,
escribo mi sufrimiento.
De amores,
de pérdidas
y dolores.
Entre rejas
veo que te quejas.
Suerte.
La muerte
hoy no tocó mi puerta
y la guerra
arrasó,
todo,
hasta mi propia traición.





Estimado Comandante:

Escribo mi parte.
Parte de guerra
Revuelta organizada por dos corazones, hoy destrozados, por esta bélica jugada de amor.
Y mi traición.
Lejana.
Bombas y esquirlas mataron al batallón.
La cuadrilla, sedienta, pasó de largo el agua de la vida y no floreció.
Solos, en áridos terrenos, pereció.
Escribo mi parte.
En partes.
Se extraña,
en estas selvas de marañas entretejidas
de sábanas frías y días de lluvias comandando su amor.
El hombre, sin nombre, deambula muerto.
Ya todo perdió el color.
Pero, lejos de aquel amor, las huestes todas esperan la orden que,
quizás,
decrete detener tanta masacre tendida.
Sobre alfombras enrojecidas por el fragor de las batallas.
Los niños lo claman.
Mi niño, interior, busca desesperadamente sus resoluciones
y se prepara sobre la terraza para cumplir con la misión de crecer,
más de lo que el tiempo le ofrece.
Escribo mi parte, comandante.
Lo escribo, en partes tan amenas.
Pago por mi traición.
Abandonar el pelotón.
Desaparecer de mis filas
y romper la revolución que mi corazón ofrecía a sus órdenes estrictas.
Herido por huir,
no soy más que un huérfano, triste y solitario,
que no encuentra rincón (Ni padres ni corazón).
Escribo mi parte.
Como antes.
La militancia que tanto se afirmaba
hoy no está o deserta.
Lo que antes nos mantenía,
hoy deja desierta toda algarabía.
Usted ha perdido la confianza de su primer oficial.
No es lo mismo la guerra, vista desde lo lejos,
que estar combatiendo, codo a codo,
con sus manos anidadas entre mis manos de hierro.
No es lo mismo ya,
matar por amor,
que matar y comer la carne como animal carroñero que soy.
Todo está invertido.

Lo mío
comandante,
es haber perdido mi propia guerra.
Abandonar mis trincheras.
Mis hombres.
Mis nombres.
Mis historias del tiempo.
Mis tiempos de partes.
Mis partes, todas, del miedo.

Pero, aun así señor, espero órdenes.
Estoy clandestino en algún rincón de mi habitación.
Aún tengo mi gente, a pesar de mi ausencia.
Aún tengo sus huestes, todas, con el mismo amor por su gran revolución.


Cabalgó
casi por el tiempo
que quiso el mismo rocín.
Y murió.
No de balas.
No de hambre.
No de sed.
Solo pereció
porque traicionó su amor.
Porque negó
su propia revolución.
Tan interior,
tan clandestina,
que la perdió
y nunca más la encontró.






Hasta la victoria siempre (y en cuanto, el amor ausente acepte las disculpas de esta lucha abrupta que absorbe mi corazón…) Oficialmente, Darío de La Oscuridad a Diario.


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