sábado, 2 de junio de 2007

Estallido


De amor y de olvidos







Órgano principal
de bombeo continuo
que da la vida
y de frágil aptitud
cuando el amor aflora.
Cobarde, diría.



Temblores acústicos
dan malestares
al son del latido.
Simple.
Vibraciones claman.
Sin calma alguna
retumban.
Simple.
Hoy, mi corazón estalló. Salpicó de mil colores la pared. Salpicó de sangre la luna, blanca en lo alto del cielo. Tan lejos, tan sola, tan llena, tanta sangre y, como reseña, muestro el hueco de mi pecho.
A todos.
A vos.
A él.
A cada transeúnte de este anochecer.
Al frío lo convido con el sabor de mis gotas de húmedo rocío de vapor que sale de mi pecho.

A los que se asustan les digo: ¡No, no es una herida!
A los que se asombran les digo: ¡No, mi sangre no tiene valor ante tal hecho!

Y déjala corre.
Como río. Como lluvia sobre el asfalto que busca esconderse en algún agujero que lo invite a pasear en agua dulce.
¡No, no puedo y no debo!
Morir por morir.
Ni desecho.
Ni en el olvido.
Seré, claramente, el hombre del pecho vacío.
Con titulares en negro o a colores divertidos.
Seré, más que nada, un hombre con el corazón ocioso de amores prohibido.
Pero en calma.
Tranquilo, diría.
En franca espera, cualquiera.
Buscaré reconstruirlo
con tus labios.
Beso a beso sobre tu piel.
Sobre tu cuerpo caído ante mis ojos de vidrio que brillan para que la oscuridad no tape tus encantos de sirenas confusas.
Llévame a la mar.

Has de mí tu barco. En este espacio, ya vacío, coloca el mástil. Las velas serán mis harapos perdidos en los pisos del amor y tu timón mis manos, que no dejan de ser conducidas nada más que por tu aliento al placer de amar, siempre y nada más. Para llegar triunfantes por los mismos ríos que busca la lluvia, mi cuerpo, mi sangre y mi corazón faltante.

Carente.
Desprovisto.
No escucharé más que tus palabras.
Tus órdenes comandan.
Tus manos orientan.
Tu cuerpo calienta esta maquinaria imaginaria de placer y amor, de pecado y sanción, de animadversión y adhesión.
Como única aclaración: Manéjame más de lo debido, intímame más de lo querido. Ámame, como siempre has sabido.

Esperaré. No hay cosa más hermosa que esperar a las rosas abrir, sonreír y partir desoladas por el tiempo tan eterno de los amantes distantes.
Aquí siempre estaré… llámame.

Y si dudas, yo te lo recordaré.



Parte del olvido
de los hombres
mal habidos
y del amor concebido.
Pena marchita
que frente al tango
se hace poesía
y recuerda las calles
los días
y las cosas perdidas.



Recordar en vuestros corazones el tan preciado gusto amargo de los mejores momentos de amores paganos y luego volver, para ser reprendidos ante tal desconcierto de engaños profanos.
Su amor de siempre, tan simple y tan urgente, Darío de la Oscuridad a Diario.
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