miércoles, 9 de mayo de 2007

Semana, menos dos días


Noche de tango.
Calma.
Y Malena o la morocha
o cualquier pelandruna.
Cuanto dolor.
Cuantas cosas que me pasan.
Y, sin más que lágrimas en mi bolsillo, rezo por esos días que de corrido pasaban por la vidriera para verme en venta, casi escondido.
Hoy soy nada. Esta noche, nada.
Hoy, valgo menos que mis horas de humos frente a la almohada que me quiere consolar.
Tal vez, barranca abajo encontraré esa escalera que me facilite subir. Esa pequeña luz, que me indique cual será ese camino.
Como si el cansancio de todos los días se juntaran en mis hombros, intento escapar. Pero atrapado, muero acorralado.
No hay rincón, macho, para llorar.
Los he usurpado a todos y aún no los he abandonado.
En cada paso, lágrimas me ahogan. Mi casa, hoy, es un río de penas al viento y mi vela, mi barco y mi gloria de capitán huyeron antes de naufragar.
Quien diría.
Egocentrismo envuelto en celofán. Hizo ruido para nada.
Nuevamente en mi ventana, cerrada por el frío otoñal, deja de palpitar mi corazón ausente.
Casi y sin querer leo tu mente.
Leo lo que me retiene, leo y no comprendo el cuando, como y verte, para no tenerte. Ya nunca, ni nunca más.
Pero, las otras cosas ausentes, ya nunca más presentes, dejaron ese lugar.
Me encierro.
Me entierro temprano.
Me aúllo como lobo lejano.
Y me espanto, siempre o de vez en cuando, canto tus tangos.

Varias personas se enojan, todas, de mis tenebrosas prosas.
Amiga, que no hace otra cosa que poner espinas para que me despierte en esta sonámbula vida.
Ella, más que mis días, comparte mis pocas, nulas, alegrías todas.
Pero en agonía, yo lastimo con las mismas rosas que pisé ese día.

En tango.
En prosa largas, todas, y cortas.
En tango, escucho no más que mis horas.
Hoy, la vida es música de barrio.
Hoy, el barrio ha espantado, más que mis llantos.
Hoy, mis llantos, todos, han perdido ese valor y se congelan con el gélido color del invierno que ya llega, a la espera, agazapado por verme salir.
Y tu voz no está.
Las de nadie más.
Será mañana un nuevo día.
Tantas repeticiones, tantas idas.
Tantos colores y desagradecida ha sido mi vida.
Esos matices,
grises,
todos, son colores politonos de mi paleta adormecida en el cuadro que pinta tus claros ojos apagados.
Noctámbulo, hoy estoy en mi cuarto.
Espero, siempre.
Pero es eso nada más.
Seguramente, hoy no es el día
que mi musa de alegría,
sonría a mi espejo.
Es hoy, seguramente,
que pagaré con creces, el haberme creído, el dios de mis reyes.



Acrezco mis horas.
Todas.
Tan largas
y tan solas.
Salvo cuando comparto.
Por eso me aparto,
lentamente,
y los guardo.
No creas que son tuyos,
para nada,
no, por no compartirlos,
solo para guardarlos
y recordarlos
cuando más los necesite.




Gracias a los que me siguen, siguen, siguen y escriben. A los que no escriben pero me siguen.
Hoy, ayer y antes de ayer. Mañana, pasado mañana y el próximo siguiente también. Estaré seguramente escribiéndome. No sé. En estos últimos días mencionados, salvo dos, porque los compartí, serán, son tristes y los fueron.
Estoy en barranca, en caída y cada vez más. Pero una soguita me levanta los martes y me recuesta los jueves para despertarme los sábados y acariciarme los domingos.
El resto de los días, al mediodía, me sumerjo y hundo submarinos enemigos y los propios míos.
Ya no busco banderas, me he dado cuenta que perdí la mía, es una pena.
Pero saldré al sol, no soy idiota.
Un beso, a los que se merecen el beso (No el de Judas)
Destapándome de noche y viéndome en la tele hasta tarde,
Darío en La Oscuridad a Diario.




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