domingo, 22 de abril de 2007

Círculo noctámbulo

Un toque.
Una sonrisa.
Y tu alma se escapa.
Un toque más
y tu alma se desarma,
se desangra
y se esfuma.
Era un sueño,
pero que real.
Aún te siento.
Pues lloro por ese encuentro.

Demasiadas pasiones invernales, casi infernales, casi postales que aparecen en mis escritos y mis memorias de libretas aburridas.
Quién diría que un día, sobre la calle, te encuentre tendida con las manos elevadas esperando que te levante. Apresurados, mis horarios y yo, crucen en ese momento sin verte, como no queriendo verte, como negándote la oportunidad y desaparecer.
Lo haría inconsciente. Lo haría pensante. Lo haría solo para lastimarte.
Entre tanto, pasó por ese café, de aromas variados a noches de tangos y vinos espumantes, y me invitaría al placer de un buen tabaco y una copa de coñac. Solo galantería, solo por eso y por otras más. Tal vez, el vidrio que separa la gente, odiosa toda al compás de un nada, más extravagante que el mismo dinero que las mueve, me mire y se detenga. O, por qué no, verlas seguir ignorantes de mi copa, mi cigarro y mis corazones de repuestos que surgen en cada encuentro.
Hipócritas del agua que rocía las caras ajenas a las noches de lluvia. El mundo animal de la ciudad se esconde y no sale. Una luz de barrio, un perro, algunos gatos y ese magnífico retrato recorre cada canal de agua formado por el incesante atropello, bombardeo, de las escuálidas gotas de lluvia.
Barro, hombres y nada.
Hembras que acosan en la cama. Pero solo en sueños.
Chicos jugando a dormir hasta tarde.
Una jornada, un domingo y, para colmo, se termina en madrugada.

Libertad revolucionaria, poderes y más, encuentros y nada más. Reunión secreta, casi como sectas, pero tan abiertas al retrato filosófico de gente hambrienta.
Una cultura de sombras.
Una pasión que los honra.
Y el coraje.
Espero sentado, ya no puedo caminar, nunca lo hago. Me niego de mi pasado. Reniego eternamente de mi ego. Escucho claramente el tren. Pasa por una, dos o ninguna vez. Pero más me asusta el sonido del silencio. Esa desesperada compañía de matadores insanos. Me aburre. Ni música, ni fondo y ya casi ni comida en mi estómago, pero entiendo que sobreviví este fin de semana.
Te esperé.
Te busqué, que lo intenté.
Pero nada, en respuesta. Nada en cortesía de avisar. Nada, ni tecnológico ni paradójico.
Hoy, regreso a mi estado de putrefacción.
Si te encuentro en la calle con las manos levantadas y, mis horarios y yo, se detienen será para preguntarte por quien esperas.
Mis ritmos, mis momentos y mis oídos son mis secretos, son mis cuentos y poesías escritas en papel vegetal, transparente e inquietante. Tan así como la muerte.
Te esperé.
Y aprendí.
La lluvia, sobre mi cara, me enseñó que debo cubrirme suavemente en las personas que realmente vienen, me abrazan y me quieren.




Palidecido por el alcohol,
intento pararme.
Una silla,
maldita,
no respeta mi ebria jornada
y el suelo me contiene.
No escuché las burlas.
No las quiero escuchar.
Tampoco el llamado,
ese mensaje,
que esperé
y
en alcohol
ahogué
más de la cuenta.
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