viernes, 6 de abril de 2007

¡Basta de morir envenenados por balas!

“…Cambiamos fe por lágrimas
con que libro se educó esta bestia
con saña y sin alma
Dejamos ir a un ángel
y nos queda esta mierda
que nos mata sin importarle
de dónde venimos, qué hacemos, qué pensamos
si somos obreros, curas o médicos
¡Bajen las armas
que aquí solo hay pibes comiendo!...”
León Gieco/ El ángel de la bicicleta
Dedicado a Pocho Lepratti,
asesinado por la policía de Rosario
durante las jornadas del 19 y 20 de diciembre de 2001



Sangre.
Sangre, dolor. Palabras andantes por las calles de mis penas.
Por las correas que mi pueblo nunca pudo soltar.
Hoy, han muerto a un muerto.
De balas, justamente cargadas para lo injustamente marcado.
De hambre, por protestar la mísera miseria de un maestro.
De ignorancia, volcada cuantiosamente por gente ignorante.
Hoy el luto de pena.
Mañana, los mismos muertos penan.
Ayer… ayer solo muertos.

Cuantas muertes.
Cuantos días.
Cuantos dolores inexplicados.
Se fue, opresiva mano negra sin perdón.
Lo fueron, una y varias veces.
Lo mataron, dos, tres o cuatro décadas atrás.
Ya, de contar no se habla.
Pues no alcanzan las palabras, menos serán los números en las redadas.
¿Qué porción de la torta, cremosa en ganancias, les toca a los asesinos de estas cacerías de puro vicio?

Dolor, muerte.
Pena, hambruna.
Color, soltura.
Amor ya no perdura.
Los justos, los reclamos, los dolores, los amos, los asesinos, los condenados, los maltratados, los olvidados, los inocentes y todos los culpables han perdido al maestro que una vez, supo enseñar a la niñez.
Hoy, uno más.
Mañana seremos más.
Hoy, solo muerto está.



Seguro,
Levantó las manos gritando patria.
Seguro,
Él apuntó a matarlo.
Seguro,
Su pueblo lo reclamó porque es suyo.
Seguro,
Corrió a su padre político que lo salvó.
Seguro,
Los niños que educó salieron a protestar.
Seguro,
Ya no lo está, hay un pueblo que lo busca.
Seguro,
La verdad algún día ganará.


La muerte nos cubre con cascos, palos y gases. La muerte, como Estado. La muerte es un estado. Pero más feo es que el Estado sea de muerte y la promulgue como ley general a todos los trabajadores de mi tierra roja.
Me sangran los ojos. Me sangra a más no poder. Ya, como lágrimas no queda nada. Como agua, solo queda su esencia. Mi último entierro fue tan triste, fue tan solitario, tan depravado, tan solapado que una canción solo me recuerda en bicicleta, con alas, como una quimera.
Hoy, solo hoy, muero de nuevo.
Hoy, solo hoy, por reclamar lo que yo quiero.
Por vos, por todos, por los que pueden y los que no tienen. Pero las balas, todas, llegan a mi frente como punto de encrucijada.
Muerto estoy señora de la ventana.
Muerto hoy, señor de las bolsas todas del almacén de la calle España.
Muerto. Muerto bien muerto dice el oficial, y se lava las manos porque empezó la pascua y todo se olvidó.
Chicos, muerto hoy el maestro, la rabia no se acabó.



Estoy triste.
Ya.
Estoy muerto,
una vez más.
Una de tantas.
Pero ya.
Una de otras.
Y otra vez más.



A los trabajadores, todos, por soportar esta contaminación de balas que la policía nos inyecta y nos mata.
Por Neuquén, por sus maestros, y el dolor grande de perder un compañero por esta enfermedad mental y letal.
¡Basta de morir por envenenamiento consentido por las autoridades nacionales y locales!
¡Basta de matar, basta de morir!
¡Basta!
Solos nada, juntos todo.
Para Carlos Fuentealba, maestro de Neuquén muerto por pedir lo que corresponde, ni más ni menos.
A todos los que cayeron ayer, hoy y siempre por pretender lo que es justo, ni más ni menos.
Darío de La Oscuridad a Diario.

Publicar un comentario